La construcción de la torre, de William Golding

Publicada en 1964, La construcción de la torre de William Golding es una novela histórica modernista, una alegoría religiosa y un estudio psicológico con resonancias góticas. Jocelin, deán de una catedral inglesa medieval que nunca recibe nombre, cree que Dios lo ha elegido para levantar una aguja descomunal. La obra no transcurre en Kingsbridge, escenario perteneciente a otra ficción. Su espacio se inspira libremente en Salisbury, pero no reconstruye su historia.

El proyecto desafía la lógica material. La catedral carece de cimientos capaces de sostener el nuevo peso, los pilares centrales parecen cantar bajo la presión y el terreno comienza a moverse. Jocelin interpreta cada advertencia como prueba destinada a confirmar su fe. Igual que la arquitectura conserva culpa y memoria en Billar a las nueve y media de Heinrich Böll, el edificio deja de ser fondo y se convierte en registro moral de una comunidad.

La construcción de la torre no pregunta únicamente si la aguja podrá alzarse. Examina quién pagará por la visión de un hombre convencido de representar una voluntad absoluta. Obreros, clérigos, Pangall, Goody y Roger Mason quedan absorbidos por un sueño que no eligieron en condiciones iguales. La belleza puede ejercer violencia. El poder de la novela nace de mantener juntas la grandeza del impulso creador y la devastación que ese impulso produce cuando rechaza cualquier límite humano.

En La construcción de la torre, la pregunta decisiva no es técnica. Concierne a la legitimidad de imponer un sueño. La aguja juzga a su creador mientras este cree que solo él puede juzgarla.

Ilustración La construcción de la torre de William Golding

Jocelin: una visión que se vuelve mandato

Jocelin contempla en su imaginación una aguja que ya parece existir y entiende su deseo como revelación divina. Esa certeza le concede energía para vencer resistencias institucionales y técnicas. También lo vuelve incapaz de escuchar. En La construcción de la torre, la fe del deán no puede separarse de su posición de autoridad: manda sobre cuerpos, recursos y silencios mientras presenta sus decisiones como obediencia a una instancia superior.

La financiación revela pronto esa mezcla de gracia y poder. Lady Alison, protectora vinculada al ascenso eclesiástico de Jocelin, ha usado su influencia por motivos menos puros de lo que él quiere reconocer. La visita posterior de autoridades eclesiásticas expone que su carrera y su proyecto dependen de redes mundanas. Como K. ante una autoridad siempre desplazada en El castillo de Franz Kafka, Jocelin interpreta signos sin dominar la institución que los produce.

Su tragedia consiste en confundir convicción con certeza moral. Puede tener una visión auténtica y actuar de manera destructiva al imponerla. La vocación no absuelve al poder. La novela evita decidir de forma simple si Dios le habló o si todo nace de una obsesión psicológica. Le interesa más el uso que Jocelin hace de esa ambigüedad. Cada objeción confirma su excepcionalidad, y cada daño se convierte en sacrificio necesario dentro de un relato donde solo él conserva el derecho de interpretar.

La construcción de la torre presenta así una fe inseparable de su administración terrenal. Jocelin no solo cree, también distribuye peligro. Su lenguaje sagrado vuelve invisible esa responsabilidad práctica.

Roger Mason y la resistencia de la materia

Roger Mason, maestro constructor, comprende lo que Jocelin se niega a admitir. Los pilares y el suelo no son metáforas dóciles, sino materiales sometidos a fuerzas medibles. La excavación en el crucero revela la ausencia de cimientos adecuados, y el barro del subsuelo parece vivo. Roger continúa porque depende del encargo, porque lo desafía la dificultad y porque también posee su propia relación ambivalente con el riesgo.

El enfrentamiento entre ambos hombres organiza La construcción de la torre. Jocelin habla desde la elección divina, Roger desde la experiencia adquirida con piedra, madera y carga. Ninguno permanece completamente fuera del deseo. El deán necesita que la técnica obedezca; el constructor quiere demostrar que puede dominar lo imposible. La ambición de Macbeth de William Shakespeare nace de otra profecía, pero ofrece una comparación fértil: una promesa interpretada como destino termina justificando actos que la vuelven destructiva.

Cuando Roger se quiebra, bebe y abandona el proyecto, su caída muestra que la materia humana también posee límites. Jocelin había tratado su competencia como instrumento de la aguja, no como trabajo de una persona vulnerable. La piedra devuelve cada presión. En la novela, los sonidos del edificio expresan simultáneamente hechos físicos y la conciencia deformada del deán. La gran obra avanza, pero su avance registra el agotamiento de quienes deben convertir una visión ajena en peso real.

En La construcción de la torre, saber construir no significa poder negarse libremente. El encargo crea dependencia y orgullo. Roger queda atrapado entre su diagnóstico correcto y el deseo de realizar aquello que considera imposible.

Pangall y Goody: el precio humano de la aguja

Pangall no es subdeán. Es un hombre tullido ligado al servicio de la catedral, objeto de burlas de los obreros y marido de Goody Pangall. Su fragilidad lo vuelve chivo expiatorio ideal para una comunidad que necesita desplazar el miedo causado por la obra. Durante una celebración de rasgos paganos, los trabajadores lo humillan y desaparece. La novela deja que Jocelin tarde en comprender el destino terrible oculto bajo la construcción.

Goody ocupa otro centro reprimido de La construcción de la torre. Jocelin la observa con un deseo que transforma en lenguaje espiritual, mientras Roger mantiene con ella una relación sexual. El embarazo y la muerte durante el parto revelan cuántas vidas han quedado atrapadas en el campo de poder masculino que rodea la aguja. La revisión irreverente de la historia sagrada en El evangelio según Jesucristo de José Saramago también pregunta quién sufre cuando una finalidad trascendente exige obediencia.

Jocelin percibe a Pangall y Goody de manera incompleta porque los integra en su propio drama interior. Uno representa debilidad, la otra tentación, y ambos pierden individualidad bajo su mirada. Toda grandeza proyecta una sombra. El costo de la aguja no puede medirse solo en dinero, piedra o estabilidad. Incluye humillación, deseo reprimido, explotación laboral y muerte. La belleza final queda unida para siempre a aquello que la comunidad enterró para hacerla posible.

La construcción de la torre conserva sus muertes fuera de cualquier balance consolador. La culminación arquitectónica no las compensa. Solo permite contemplar con mayor dureza la distancia entre gloria pública y sufrimiento privado.

Catedral, cuerpo y símbolos de elevación

La catedral de La construcción de la torre funciona como edificio, cuerpo y mapa de la conciencia de Jocelin. Sus cuatro pilares centrales parecen piernas sometidas a una carga excesiva, el crucero abierto sugiere una herida y la aguja imaginada adquiere una forma corporal ambigua. El deán siente el proyecto a través de dolor, fiebre, olores y visiones. La arquitectura no ilustra su mente desde fuera, sino que invade su percepción.

La verticalidad promete acercamiento a Dios, pero exige penetrar primero el suelo inestable. Cuanto más alto quiere llegar Jocelin, más profundo debe abrirse el pozo oscuro donde aparecen barro, miedo y violencia. Este movimiento doble impide una simbología sencilla. En Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, tiempo y eternidad se buscan dentro de imágenes materiales. Aquí la elevación espiritual tampoco puede escapar del peso, la podredumbre y la historia.

El árbol, la manzana, el fuego y el martín pescador amplían esa red simbólica hacia el final. Jocelin percibe una belleza que quizá ya no puede poseer ni explicar. Ascender obliga a mirar abajo. La aguja puede ser oración, orgullo, obra de arte y herida colectiva a la vez. Esa pluralidad mantiene viva La construcción de la torre: ningún símbolo acepta una interpretación única, porque todos nacen dentro de una conciencia cuya autoridad se está deshaciendo.

Por eso, La construcción de la torre resiste una lectura puramente religiosa o puramente psicológica. La aguja existe en ambos órdenes. Su fuerza procede de no resolver la tensión entre trascendencia, deseo, trabajo y culpa.

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Citas de La construcción de la torre comentadas

  1. «Dios Padre le estallaba en el rostro con una gloria de luz atravesando el vidrio pintado». La apertura une iluminación y violencia. La experiencia religiosa llega a Jocelin como una fuerza que desborda cualquier interpretación prudente.
  2. «He esperado media vida para este día». El proyecto concentra años de deseo y frustración. Esa espera explica su energía, pero también su incapacidad para aceptar una demora o una negativa.
  3. «Los pilares cantan». La frase vuelve audible la presión física sobre la catedral. Para Jocelin, el sonido puede ser señal divina; para Roger, anuncia un peligro estructural.
  4. «El edificio es un diagrama de oración». La arquitectura intenta creer mediante proporción, orientación y altura. Sin embargo, el diagrama no registra por sí solo las vidas utilizadas para realizarlo.
  5. «¿Desde cuándo pidió Dios a los elegidos que fueran razonables?». Jocelin convierte la objeción racional en prueba de elección. La pregunta muestra cómo una convicción cerrada puede neutralizar cualquier control ético.
  6. «Aquí arriba, todos estamos locos». La altura altera percepción, conducta y jerarquías. El vértigo no pertenece únicamente al deán, porque la obra arrastra también a quienes la ejecutan.

Las citas se ofrecen en traducción editorial propia y breve desde el inglés. No reproducen necesariamente una edición española concreta. En conjunto, recorren el movimiento de La construcción de la torre desde la iluminación inicial hasta una locura compartida por el espacio que la obsesión ha creado. Las frases deben volver siempre a su escena. Fuera de ella pierden tensión. Dentro, cada palabra carga piedra, deseo y poder.

Curiosidades verificadas sobre La construcción de la torre

  1. Origen en 1959. Golding concibió la idea inicial de The Spire en 1959. El largo proceso permitió que una imagen arquitectónica se convirtiera en investigación moral. La fecha está documentada por el legado del escritor.
  2. Primero fue comedia. El autor planeó inicialmente una obra cómica, pero el tono cambió durante sucesivos borradores. La transformación explica la presencia residual de ironía dentro de una tragedia oscura. El proyecto encontró su gravedad durante la escritura.
  3. Borradores en América. La novela tomó forma durante un año de trabajo en Estados Unidos. Hasta una fase tardía, el manuscrito conservó secciones situadas en el presente. Su eliminación concentró la experiencia en el mundo medieval.
  4. Salisbury como impulso. El escritor veía la aguja de Salisbury desde su aula en Bishop Wordsworth’s School. La catedral real inspiró la pregunta constructiva, pero el edificio narrativo permanece ficticio. Por eso no debe llamarse Kingsbridge en el resumen.
  5. Publicación en 1964. Faber publicó The Spire en 1964, una década después del debut novelístico del autor. No debe confundirse su fecha original con reediciones españolas posteriores. La cronología editorial de Faber confirma ese año. 🌐 Faber & Faber
  6. Dos traducciones registradas. La Biblioteca Nacional de España cataloga versiones de Horacio Laurora y Encarna Quijada. Este dato aconseja comprobar la edición antes de atribuir una redacción española exacta a una cita. Las traducciones pertenecen a fechas y sellos diferentes. 🌐 Fuente: BNE

El estilo de escritura de La construcción de la torre

La narración de La construcción de la torre permanece adherida a la conciencia de Jocelin sin identificarse por completo con ella. El lector percibe el mundo mediante sus asociaciones, fiebre, deseo y certeza religiosa, pero también detecta hechos que el deán no comprende o decide deformar. Esta focalización restringida crea una ironía constante: cuanto más seguro se siente el protagonista, más visible resulta la distancia entre su relato y los daños materiales.

La prosa trabaja con imágenes corporales, repeticiones y transiciones abruptas entre percepción y símbolo. Piedra, madera, barro y luz poseen una presencia táctil. A la vez, pueden convertirse en signos religiosos o sexuales dentro de una misma frase. El monólogo fragmentado de Mientras agonizo de William Faulkner responde a otra polifonía, aunque sirve para comparar cómo una conciencia parcial transforma hechos concretos en experiencia difícil de verificar.

Golding evita ofrecer un narrador externo que resuelva cada ambigüedad. Los pilares cantan de verdad bajo presión, pero su canto también pertenece a la mente de Jocelin. La materia habla en dos registros. El estilo de escritura exige atención porque una descripción puede funcionar simultáneamente como dato constructivo, alucinación y juicio moral. Esa densidad ralentiza la lectura y recompensa la relectura. Cada motivo vuelve modificado por una consecuencia que el protagonista había intentado excluir.

En La construcción de la torre, la forma reproduce la pérdida de control. La sintaxis se vuelve más febril cuando la certeza se resquebraja. El lector debe separar sensación, hecho e interpretación sin disponer de una perspectiva completamente neutral.

Por qué leer La construcción de la torre hoy

La construcción de la torre merece leerse como una de las investigaciones más incisivas sobre liderazgo visionario. Jocelin posee imaginación, perseverancia y capacidad para movilizar recursos, cualidades habitualmente celebradas. La novela pregunta qué ocurre cuando esas virtudes pierden la escucha, la rendición de cuentas y el respeto por límites técnicos. Su respuesta no demoniza toda ambición, pero muestra que una finalidad sublime también puede organizar abuso.

El conflicto resulta especialmente actual en proyectos culturales, políticos, religiosos o empresariales que prometen trascendencia mientras distribuyen el riesgo hacia abajo. Roger sabe que la estructura puede fallar, Pangall recibe la violencia del grupo y Goody soporta deseos que otros interpretan por ella. El costo nunca es abstracto. Leer sus posiciones permite reconocer cómo el poder llama sacrificio a una pérdida que sufrirá otra persona.

La novela también ofrece una experiencia estética singular. Su catedral respira, cruje y parece crecer dentro del cuerpo del protagonista. La incertidumbre sobre la visión divina no se resuelve, y esa negativa impide una moraleja fácil. La construcción de la torre conserva la posibilidad de que la obra sea bella y la obligación de juzgar el modo en que fue realizada. Precisamente por sostener ambos hechos, su crítica de la obsesión creadora continúa siendo incómoda, útil y literariamente poderosa.

El libro no ofrece una receta simple de liderazgo prudente. Ofrece algo todavía más valioso: una anatomía de la convicción sin controles. Su belleza formal obliga a sentir primero la seducción del proyecto que después invita a juzgar. La advertencia permanece. La belleza seduce. La responsabilidad debe acompañar toda visión.

Resumen de La construcción de la torre

En La construcción de la torre, el deán Jocelin ordena levantar una aguja gigantesca sobre una catedral medieval sin cimientos adecuados. Está convencido de cumplir una misión divina y desoye las advertencias de Roger Mason, maestro constructor. Los pilares gimen, el suelo se desplaza y la excavación abre un pozo inquietante bajo el crucero. Aun así, Jocelin interpreta cada obstáculo como prueba de su elección y exige que el trabajo continúe.

La obra altera a toda la comunidad. Pangall, trabajador tullido y ridiculizado, desaparece tras una ceremonia violenta de los obreros. Goody Pangall, deseada por Jocelin y relacionada con Roger, muere después del embarazo y el parto. Roger se derrumba, bebe y abandona el proyecto. La visita eclesiástica y las revelaciones sobre Lady Alison destruyen la imagen pura que Jocelin había construido sobre su ascenso. La aguja reúne belleza y culpa.

Al final, la visión del deán se fragmenta entre enfermedad, memoria y destellos de belleza natural. La novela no ofrece una explicación única sobre la intervención divina ni reduce la torre a simple fracaso. Muestra una creación extraordinaria inseparable de la violencia ejercida para producirla. Ese cierre resume la fuerza de La construcción de la torre: una obra puede aspirar al cielo y conservar enterrado en sus bases todo aquello que su creador se negó a reconocer.

Jocelin alcanza cierta lucidez, pero llega demasiado tarde para reparar el daño humano acumulado. La aguja permanece como logro, acusación y pregunta abierta. Ninguna de esas dimensiones cancela las demás. La piedra queda. El juicio continúa. La memoria sostiene la contradicción.

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