El tambor de hojalata: contar también puede encubrir

Günter Grass concede a Oskar Matzerath algo más inquietante que un tambor: el poder de organizar lo que sabremos de él. En El tambor de hojalata, quien cuenta afirma haber decidido dejar de crecer a los tres años y haber comprendido el mundo desde su nacimiento. Esa seguridad extraordinaria vuelve sospechosa su versión antes de que podamos admirar sus gestos de rebeldía.

La novela, publicada en 1959, pertenece a la narrativa alemana de posguerra y combina sátira, elementos fantásticos y una autobiografía ficticia de aire picaresco. Su recorrido alcanza el nazismo, la guerra y la sociedad posterior, pero comienza mucho antes de la infancia del protagonista. Oskar escribe desde un establecimiento psiquiátrico y reconstruye una genealogía que mezcla relatos familiares, imágenes y conjeturas.

Lo que más me interesa es la distancia entre su inteligencia y su responsabilidad. Ver las contradicciones de los adultos no lo convierte automáticamente en alguien justo. Su pequeño cuerpo tampoco garantiza inocencia. La posición excepcional desde la que observa puede servir para impugnar el mundo, aunque también para reservarse una excepción cuando llega el momento de responder por sus actos.

Por eso leería El tambor de hojalata atendiendo a sus cambios de perspectiva, a sus objetos y a las preguntas que intenta cerrar demasiado deprisa. El libro puede incomodar por su sexualidad, sus imágenes corporales y la insistencia de su narrador. Esa incomodidad tiene sentido cuando impide que una historia de culpabilidad se transforme en una celebración cómoda del individuo que asegura haber visto todo con claridad. Contar también puede encubrir, y esta novela nos obliga a escuchar sin entregar enseguida nuestra confianza.

Ilustración El tambor de hojalata

El tambor de hojalata y el derecho a contar

El marco psiquiátrico introduce una relación desigual entre Oskar y quienes lo visitan. Hay un enfermero, Bruno, que observa por una mirilla, pero el paciente devuelve la mirada mediante su relato. Describe al observador, juzga sus figuras de cordel y orienta incluso sus decisiones estéticas. En El tambor de hojalata, la vigilancia no elimina el poder de quien domina las palabras.

Me parece significativo que Oskar solicite papel para escribir. El relato tiene condiciones materiales: alguien compra las hojas y permite que la memoria ocupe una superficie. A la vez, el narrador presenta ese regalo como algo peligroso para sus visitantes. Su versión puede alterar las identidades que ellos prefieren conservar. Escribir modifica las posiciones, incluso dentro de un espacio aparentemente cerrado.

Sin embargo, esta capacidad tampoco garantiza exactitud. Oskar reconoce sus invenciones con una ligereza que puede seducir. Su franqueza parcial funciona como una credencial: quien admite algunas mentiras parece merecer confianza sobre el resto. Yo mantendría abierta esa duda, porque la sinceridad puede convertirse en otra herramienta del personaje para dirigir nuestro juicio.

Confesiones del estafador Félix Krull de Thomas Mann permite comparar dos voces que hacen de la presentación de sí mismas una destreza. La afinidad ayuda a observar la seducción del relato, aunque Oskar carga su actuación con una presión histórica diferente.

La primera tarea del lector de El tambor de hojalata consiste, entonces, en distinguir información y actuación. Podemos escuchar su protesta contra el mundo adulto mientras examinamos cómo pide indulgencia, cómo distribuye culpas y qué ventaja obtiene al convertirnos en el público de su memoria.

Una genealogía hecha de refugios y versiones

Antes de explicar su infancia, Oskar reconstruye el encuentro de sus abuelos. Las faldas de Anna protegen al fugitivo Joseph Koljaiczek y convierten un objeto doméstico en refugio, escenario erótico y origen familiar. El tambor de hojalata hace que la genealogía salga de una situación corporal y precaria, lejos de cualquier árbol familiar ordenado con solemnidad.

La escena altera las proporciones: la ropa ocupa un territorio, los perseguidores parecen movimientos en el horizonte y una patata participa en el engaño. La atención a lo pequeño produce comicidad, pero también recuerda que las vidas dependen de materiales, hambre, cansancio y oportunidades. La familia comienza en una contingencia, que el nieto organiza después como relato de origen.

Otro episodio vuelve más problemática esa organización. El abuelo desaparece bajo una balsa y circulan versiones sobre su destino. Oskar enumera posibilidades, rechaza unas y mantiene la incertidumbre que ninguna prueba termina de resolver. La desaparición impide convertir la historia en una conclusión sencilla. Importa tanto lo sucedido como la necesidad de atribuirle un desenlace.

Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez ofrece un contraste útil sobre reconstrucciones que reúnen voces sin borrar sus desacuerdos. Aquí la comparación se refiere al problema de conocer, no a una influencia que podamos dar por demostrada.

Me gusta que El tambor de hojalata sitúe pronto ese límite. El narrador no estuvo presente en todo lo que cuenta y aun así produce escenas minuciosas. La precisión puede ser imaginada. Reconocerlo no obliga a descartar cada página; invita a preguntar qué relación establece entre herencia, deseo y certeza quien necesita explicar de dónde viene.

Estilo de escritura: el detalle que invade la historia

El estilo de escritura convierte los objetos en fuerzas narrativas. Las faldas, el papel, las bombillas y las fotografías no decoran una escena ya completa: la hacen avanzar, la desvían o provocan una discusión. En El tambor de hojalata, la descripción puede adquirir tanta energía que termina disputando el protagonismo a las personas que deberían ocuparla.

Una enumeración de muebles, colores y lámparas parece demorarse demasiado hasta que advertimos su función. Oskar pretende recordar incluso la potencia de unas bombillas. Esa obsesión puede parecer una garantía documental, aunque procede del mismo narrador que asegura recordar su nacimiento. El detalle persuade antes de que comprobemos si una memoria tan exacta resulta posible.

La prosa alterna repeticiones, aceleraciones y cambios entre primera y tercera persona. Cuando el narrador se llama Oskar, se contempla como personaje; cuando vuelve al yo, reclama el control de la experiencia. El pronombre mueve la responsabilidad. La distancia permite observarse, pero también distribuir la intimidad y el juicio según convenga a cada pasaje.

El libro de arena de Jorge Luis Borges sirve para contrastar el efecto de un objeto que desestabiliza el relato. Frente a esa concentración, aquí los objetos proliferan y arrastran una historia familiar y política de mayor extensión.

Esta abundancia explica parte de la dificultad de El tambor de hojalata. La lectura requiere cambios de ritmo: hay que dejar que una imagen se despliegue y, después, recuperar la pregunta que parecía suspendida. El exceso resulta productivo cuando revela una relación nueva; también puede fatigar. El libro gana fuerza si atendemos a esa fricción, en lugar de llamar virtuosa a cualquier acumulación.

La distancia de Oskar ante el mundo adulto

La negativa a crecer parece ofrecer una salida perfecta: conservar una posición distinta de la de quienes aceptan el orden establecido. Pero El tambor de hojalata vuelve demasiado interesado a su narrador para que esa diferencia constituya una absolución. Oskar puede rechazar expectativas familiares sin renunciar a controlar a las personas que lo rodean.

Su don extraordinario y su instrumento alteran lo que otros consideran normal. La perturbación posee una dimensión satírica: el cuerpo pequeño y el ruido interrumpen imágenes de disciplina, respetabilidad y obediencia. Interrumpir no equivale a hacerse responsable. Un gesto puede estropear una ceremonia sin transformar la relación de quien lo realiza con el daño ajeno.

La ubicación de la historia en Danzig, durante el ascenso del nazismo y sus consecuencias, vuelve decisiva esa diferencia. La política aparece dentro de familias, comercios y hábitos, además de en grandes acontecimientos. El libro permite examinar cómo la vida corriente participa en un orden criminal y cómo, después, puede reorganizar su memoria para sentirse menos implicada.

Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa amplía esta pregunta sobre la penetración de un régimen en relaciones privadas. Son construcciones narrativas diferentes, pero ambas hacen insuficiente separar la biografía individual de la vida política.

Mi lectura de El tambor de hojalata conserva así una ambivalencia: la imaginación puede revelar lo que un lenguaje respetable oculta, y puede fabricar nuevas coartadas. La potencia de Oskar reside en que obliga a pensar ambas posibilidades a la vez. Admirar su capacidad de perturbar no exige convertirlo en una conciencia sin intereses ni zonas de sombra.

Cita de El tambor de hojalata, de Günter Grass: «... Sigo inquieto e insatisfecho; lo que ato con la mano derecha, lo desato con la izquierda; lo que crea mi mano izquierda, mi puño derecho lo destroza».

Cinco fragmentos para escuchar voces distintas

Estos fragmentos de El tambor de hojalata proceden de la traducción de Miguel Sáenz. Son breves recortes de escenas diferentes de los primeros capítulos. Conviene escucharlos como palabras de personajes, cuya posición importa tanto como lo que afirman, y evitar que se conviertan en máximas atribuibles sin más al autor.

  1. «mi cama es el objetivo». En «La ancha falda», Oskar describe su cama del establecimiento. El descanso deseado tiene algo de retirada: busca una distancia que preserve su equilibrio y limite la proximidad de los visitantes. La frase vuelve incierta la relación entre protección y aislamiento.
  2. «para seguir siendo creíble». En «Bajo la balsa», el narrador explica por qué debe recoger otras versiones sobre el destino del abuelo. La credibilidad aparece como una tarea consciente. Esa conciencia no demuestra falsedad, pero nos recuerda que alguien está construyendo el efecto de verdad.
  3. «¡Una hermosa muerte!». Bruno responde a la historia de la desaparición. Su reacción estética resulta incómoda: aprecia una forma narrativa allí donde Oskar busca una respuesta sobre una vida. El entusiasmo del oyente puede simplificar lo que la incertidumbre mantenía abierto.
  4. «lo que es agradable». Vittlar imagina estar bajo la balsa y evitar los mosquitos. La comodidad absurda descoloca el tono trágico y muestra cómo una voz lateral puede impugnar, mediante una broma, la gravedad que el narrador intenta imponer.
  5. «esa tumba familiar». En «El álbum de fotos», las imágenes conservan personas y recuerdan su ausencia. La fotografía funciona como supervivencia material, aunque el relato decide cómo mirarla. Fragmento editorial con los pasajes citados.

Esta selección de El tambor de hojalata reúne refugio, credibilidad, muerte, burla y memoria visual. Ninguna frase resuelve por sí sola la novela; juntas permiten advertir cuánto cambia su sentido cuando cambia quien habla.

Curiosidades sobre El tambor de hojalata

  • Publicación inicial: El tambor de hojalata apareció en 1959 con el título alemán Die Blechtrommel. Fue la primera novela de su autor, aunque ya había escrito poesía y teatro. Esta diferencia ayuda a situar el libro como un debut novelístico con experiencia previa en otras formas.
  • Final en París: En su introducción retrospectiva de 2009, el novelista cuenta que terminó la obra en París durante el verano de 1959. La ciudad de escritura y la región reconstruida no coinciden: la distancia geográfica formó parte de las condiciones de su trabajo.
  • Encuentro de traductores: Diez traductores se reunieron con el escritor en Gdańsk a comienzos del verano de 2005 para preparar nuevas versiones. Durante ocho días discutieron problemas del texto y visitaron lugares de la narración.
  • Traducción identificada: La edición de Alfaguara cuyo fragmento se utiliza aquí presenta la traducción de Miguel Sáenz. Identificarla evita mezclar formulaciones de distintas versiones españolas. La elección importa especialmente en una prosa que trabaja con repeticiones, cambios de voz y asociaciones verbales difíciles de trasladar.
  • Nobel de 1999: Guenter Grass recibió el Premio Nobel de Literatura ese año. Fue un reconocimiento a su trayectoria literaria, no un premio concedido exclusivamente a El tambor de hojalata. La distinción entre libro y conjunto de la obra evita atribuir al galardón un alcance diferente del real.
  • Palma compartida: La adaptación dirigida por Volker Schlöndorff obtuvo la Palma de Oro de 1979 ex aequo. El registro del festival confirma tanto el año como el carácter compartido del premio. Ficha oficial de Cannes. La película constituye otra construcción artística, que conviene distinguir de la extensión y la voz de la novela.

El álbum no consigue cerrar la memoria

Una de las imágenes que mejor orienta mi lectura es el álbum familiar. Parece ofrecer un archivo estable: personas, poses, fechas posibles y relaciones visibles. Pero El tambor de hojalata muestra que mirar una fotografía también implica interpretar. Hay desconocidos, huecos y decisiones sobre quién merece ocupar el centro de una historia.

Oskar compara las imágenes antiguas con las fotografías de pasaporte y atribuye al cambio técnico una pérdida. Después, él y Klepp recortan y combinan sus propias fotos. La imagen puede fabricarse de nuevo, incluso cuando procede de una máquina que parecía garantizar una copia fiel. La escena materializa un problema que atraviesa la voz del narrador: conservar y manipular pueden suceder en el mismo acto.

Opiniones de un payaso de Heinrich Böll ofrece otra perspectiva incómoda sobre respetabilidad y sociedad de posguerra. La comparación permite pensar cómo una voz situada fuera de las convenciones puede revelar hipocresías sin convertirse por ello en un observador transparente.

Recomendaría El tambor de hojalata a quien disfrute de narradores que obligan a revisar la relación entre fascinación y confianza. Su densidad y su irreverencia requieren paciencia; hay pasajes cuya acumulación puede alejar a quien busque un relato más contenido. A cambio, ofrece una experiencia exigente del modo en que una vida se vuelve historia.

Al cerrar estas páginas, la pregunta que conservaría no sería si Oskar vio más que los demás. Me preguntaría qué hizo con esa ventaja y qué hace ahora al contárnosla. La memoria adquiere aquí una voz extraordinaria, pero su fuerza no cancela nuestro derecho a interrogarla.

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