Las brujas de Eastwick – una mezcla de fantasía y feminismo
Publicada en 1984, Las brujas de Eastwick sitúa a tres mujeres divorciadas en una pequeña localidad costera de Rhode Island hacia el final de los años sesenta. John Updike convierte la liberación sexual, el chisme vecinal y la insatisfacción doméstica en materia sobrenatural. Alexandra Spofford, Jane Smart y Sukie Rougemont descubren que pueden alterar el clima, los cuerpos y los objetos, pero su nuevo poder no las libera de la rivalidad, la culpa ni la mirada masculina. La magia amplifica conflictos que ya existían.
La obra combina novela literaria, fantasía oscura, comedia negra, sátira social y elementos góticos. No pertenece al realismo mágico latinoamericano, aunque haga convivir lo extraordinario con tareas cotidianas sin largas explicaciones. Su tradición inmediata es la brujería de Nueva Inglaterra, revisada desde una época marcada por Vietnam, el feminismo y el debilitamiento de la moral sexual convencional.
La presencia de mujeres poderosas y genealogías domésticas permite compararla con La casa de los espíritus de Isabel Allende. En ambas novelas, lo sobrenatural revela tensiones familiares y políticas. Sin embargo, la saga chilena distribuye la memoria entre generaciones, mientras Eastwick concentra su energía en el deseo, la amistad y una comunidad dispuesta a vigilar a quienes se apartan de la norma.
Conviene evitar una lectura celebratoria demasiado sencilla. Las brujas de Eastwick concede agencia a sus protagonistas y al mismo tiempo las observa mediante fantasías, estereotipos y descripciones corporales discutibles. La emancipación aparece contaminada por el dominio. Esa contradicción no siempre está resuelta, pero constituye la zona más fértil y problemática de la novela.

Eastwick: un pueblo donde el chisme organiza la realidad
Eastwick parece una localidad apacible de Nueva Inglaterra, pero la tranquilidad depende de una vigilancia constante. Vecinos, iglesias, tiendas y periódico forman una red donde cada separación, aventura amorosa o gesto excéntrico adquiere valor público. Las brujas de Eastwick convierte el chisme en una fuerza casi mágica. Antes de que aparezca cualquier hechizo, la comunidad ya transforma personas mediante rumores y juicios.
El paisaje participa en esa conciencia colectiva. Mareas, barro, jardines, tormentas y cambios estacionales registran deseos que los habitantes prefieren no admitir. La naturaleza no funciona como decorado romántico. Puede resultar fértil y hermosa, pero también viscosa, agresiva y destructiva. El pueblo tiene un cuerpo cambiante. La prosa une así clima, sexualidad y estado de ánimo sin establecer fronteras estables.
El microcosmos recuerda a Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, donde un lugar inventado condensa cambios históricos y pasiones colectivas. Macondo asimila guerras, progreso y olvido durante generaciones. Eastwick trabaja con una escala menor y una ironía protestante, pero también convierte la historia nacional en clima íntimo.
La llegada de Darryl Van Horne no introduce el mal en una comunidad inocente. Solo proporciona un centro visible a deseos, resentimientos e hipocresías que ya circulaban. Las brujas de Eastwick resulta más aguda cuando muestra esa responsabilidad compartida. El escándalo necesita espectadores y colaboradores. El pueblo condena a las tres mujeres, pero también consume con placer cada noticia sobre ellas y proyecta en sus cuerpos aquello que no quiere reconocer en sí mismo. Esa complicidad vuelve al pueblo moralmente ambiguo.
Alexandra, Jane y Sukie: un aquelarre de creadoras
Las protagonistas de Las brujas de Eastwick no forman un bloque uniforme. Alexandra es escultora y trabaja con pequeñas figuras femeninas; Jane enseña música y toca el violonchelo; Sukie escribe una columna de sociedad mientras mantiene una casa llena de hijos. Las tres han salido de matrimonios y descubren que la separación coincide con una expansión de sus poderes. La creatividad y la brujería avanzan juntas.
Alexandra posee una imaginación vinculada con la tierra, el volumen y el clima. Jane es más competitiva, verbalmente afilada y consciente de su disciplina artística. Sukie transforma observaciones íntimas en información pública, por lo que su oficio prolonga la circulación de rumores de Eastwick. Cada capacidad sobrenatural exagera una disposición previa en lugar de otorgar una identidad completamente nueva.
La revisión de mitos sobre género encuentra un paralelo en El rodaballo de Günter Grass. Ambas novelas mezclan fantasía, sexualidad e historia para discutir quién narra las relaciones entre mujeres y hombres. También comparten un problema: la crítica al patriarcado procede de una voz masculina que puede reproducir aquello que pretende examinar.
La amistad ofrece refugio frente al juicio social, pero no elimina celos ni crueldad. Las reuniones permiten hablar con una libertad imposible en otros espacios y convierten frustraciones privadas en energía compartida. A la vez, los hijos quedan a menudo fuera del centro narrativo y las ambiciones artísticas se subordinan progresivamente a Darryl. Las brujas de Eastwick imagina un poder femenino real, aunque nunca completamente autónomo. El aquelarre protege y también encierra. Esa doble función define su complejidad.
Darryl Van Horne y la seducción como forma de gobierno
Darryl Van Horne llega a Eastwick con dinero, vulgaridad y un origen deliberadamente impreciso. Compra la mansión Lenox, durante años abandonada, y convierte ese espacio en escenario de música, comida, erotismo y transgresión. Su nombre resulta difícil de recordar al principio, como si la comunidad necesitara tiempo para dar forma a una presencia que ya reconoce como perturbadora. El intruso materializa un deseo colectivo.
Su poder no reside únicamente en la seducción sexual. Darryl identifica inseguridades, halaga talentos y ofrece a cada mujer una versión ampliada de sí misma. Anima a Jane a tocar con abandono, admira las esculturas de Alexandra y permite a Sukie sentirse escuchada. Después utiliza esa atención para establecer competencia y dependencia. La liberación prometida adopta así la estructura de otro dominio masculino.
El pacto entre belleza, deseo y corrupción aproxima Las brujas de Eastwick a El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Ambas novelas convierten el hedonismo en una prueba moral y conceden a un espacio privado la función de ocultar consecuencias. Wilde trabaja con una elegancia venenosa, mientras Darryl impone una comicidad corporal, ruidosa y grotesca.
Considerarlo simplemente el diablo reduce la ambigüedad del personaje. Darryl intensifica impulsos que las protagonistas ya poseen y se beneficia de una sociedad preparada para erotizar su autonomía. Las brujas de Eastwick muestra que el carisma gobierna cuando convence a otros de que obedecer equivale a realizarse. La adulación puede ser una tecnología de poder. Su mansión parece liberar a las mujeres del pueblo, pero termina reorganizando su deseo alrededor de un nuevo centro.
Deseo, amistad y rivalidad dentro del aquelarre
Antes de la llegada de Darryl, Alexandra, Jane y Sukie comparten amantes, confidencias y una posición marginal dentro de Eastwick. Su amistad acepta zonas que la moral pública obliga a esconder. Las reuniones ofrecen humor, intimidad y una imaginación compartida de otros futuros. Las brujas de Eastwick presenta ese vínculo como una forma de poder social, no solo como alianza sobrenatural. Hablar juntas modifica lo que parece posible.
Darryl altera el equilibrio al seducirlas por separado y reunirlas después en la mansión. La aparente libertad de compartirlo contiene una competencia silenciosa por su atención. Cada mujer teme ser menos deseada, menos artista o menos poderosa que las otras. El hombre que promete eliminar los celos termina administrándolos. Así, una comunidad femenina empieza a medir su valor mediante una aprobación externa.
El tono recuerda la convivencia de deseo, humor y aparición sobrenatural de Doña Flor y sus dos maridos de Jorge Amado. La novela brasileña permite que el placer desafíe una elección moral rígida. Eastwick es más amarga, porque la expansión erótica no conduce necesariamente a una relación más honesta con los demás.
La amistad se revela resistente, pero no inocente. Las protagonistas pueden cuidarse, ridiculizarse y colaborar en actos terribles. Las brujas de Eastwick se niega a convertir la solidaridad en virtud automática. Compartir opresión no garantiza actuar con justicia. La gran pregunta no es si las mujeres merecen poder, sino qué hacen con él cuando ninguna institución, amante ni ideología puede absorber por completo la responsabilidad de sus decisiones.
Hechizos, culpa y la muerte de Jenny Gabriel
La magia de Las brujas de Eastwick comienza como extensión juguetona del deseo, pero pronto produce consecuencias irreversibles. Los poderes afectan a Felicia y Clyde Gabriel, cuya relación termina en violencia y muerte. El episodio muestra que un hechizo nunca queda aislado en la fantasía de quien lo formula. En una comunidad interdependiente, la alteración de un cuerpo modifica muchas vidas. El poder convierte la imaginación en responsabilidad.
La prueba decisiva llega cuando Darryl abandona el equilibrio del aquelarre y se casa con Jenny Gabriel. Las tres mujeres responden desde los celos y dirigen contra ella una acción mágica que provoca una enfermedad mortal. Alexandra experimenta remordimiento, pero la culpa no deshace el daño. Darryl termina huyendo con Chris, el hermano de Jenny, mientras la amistad de las brujas queda contaminada por aquello que hicieron juntas.
La relación entre profecía, deseo y crimen evoca Macbeth de William Shakespeare. En la tragedia, las brujas no obligan al protagonista a asesinar, sino que ofrecen palabras que su ambición convierte en programa. Eastwick desplaza la pregunta hacia mujeres que poseen capacidad material para realizar sus impulsos y deben responder por el resultado.
El desenlace evita una penitencia convencional. Las protagonistas utilizan su magia para imaginar compañeros adecuados, se casan y abandonan el pueblo. Las brujas de Eastwick no decide con claridad si esa salida representa aprendizaje, evasión o repetición de una dependencia. La culpa permanece sin reparación suficiente. Precisamente por esa incomodidad, Jenny debe ocupar el centro moral de cualquier lectura crítica y no quedar reducida a obstáculo romántico.
¿Novela feminista o fantasía masculina sobre el poder?
Las brujas de Eastwick ha generado interpretaciones opuestas porque su política de género nunca es estable. Las protagonistas obtienen independencia sexual, creatividad y una capacidad de acción negada por la comunidad. No necesitan que un marido legitime su existencia y convierten el estigma histórico de la bruja en fuente de energía. La autonomía femenina deja de ser invisible.
Sin embargo, la narración contempla sus cuerpos con una insistencia que puede resultar reductora. La menstruación, el deseo, el peso y la maternidad aparecen descritos desde una imaginación masculina fascinada por aquello que declara comprender. Los hijos permanecen frecuentemente en segundo plano, y el poder creativo de las mujeres se organiza alrededor de la llegada de Darryl. La novela cuestiona estereotipos y vuelve a utilizarlos en la misma página.
También importa que las protagonistas dañen a otras mujeres. Felicia puede ser intolerante, pero su destino es brutal. Jenny recibe el castigo más grave por ocupar una posición deseada por las tres amigas. La solidaridad se detiene donde empiezan la rivalidad y el miedo al reemplazo. Esa crueldad impide confundir transgresión con emancipación ética.
La lectura más productiva no necesita absolver ni condenar por completo al libro. Las brujas de Eastwick puede entenderse como una sátira sobre el pánico patriarcal ante mujeres autónomas y, simultáneamente, como ejemplo de ese mismo pánico. Su contradicción exige un lector activo. La obra conserva interés cuando permite preguntar quién imagina el poder femenino, qué deseos le atribuye y por qué la libertad narrativa sigue vinculándose con castigos corporales.

Citas de Las brujas de Eastwick
- «La maldad era como alimento.» La comparación presenta el daño como un apetito que aumenta con cada satisfacción. No existe un límite natural capaz de detenerlo. En Las brujas de Eastwick, la libertad sin responsabilidad puede convertirse rápidamente en costumbre destructiva. La repetición normaliza aquello que antes causaba rechazo.
- «¿Qué bruja es cuál?» El juego verbal parece ligero, pero cuestiona la facilidad con que el pueblo intercambia identidades. Las tres amigas forman un grupo y conservan diferencias decisivas. El aquelarre no borra la individualidad.
- «La naturaleza mata.» La frase rompe cualquier visión sentimental del paisaje. Fertilidad, belleza y destrucción pertenecen al mismo proceso. Las brujas de Eastwick utiliza esa ambivalencia para impedir que lo natural funcione como sinónimo automático de bondad.
- «América enseña a sus hijos.» El fragmento introduce una crítica a la conversión de cada pasión en oportunidad de consumo. Darryl encarna esa lógica mediante dinero, espectáculo y promesas de realización. El deseo parece libre mientras alguien aprende a venderle una forma. La seducción adopta así un lenguaje comercial.
- «Despertamos en momentos distintos.» La imagen de las flores que se abren en el frío valora ritmos de maduración desiguales. Alexandra, Jane y Sukie descubren sus capacidades después del matrimonio. La vida adulta contiene comienzos imprevistos.
- «El pasado suele romantizarse.» La nostalgia olvida que cualquier presente también estuvo lleno de vacío e incertidumbre. Eastwick idealiza su respetabilidad mientras oculta violencia y frustración. La cita devuelve a Las brujas de Eastwick su dimensión histórica y satírica. Ninguna edad dorada resiste una observación cercana.
Curiosidades de Las brujas de Eastwick
- La acción mira hacia el final de Vietnam. La novela apareció en 1984, pero sitúa Eastwick alrededor de 1970. Los cambios sexuales y políticos penetran incluso en su comunidad costera. Esa distancia temporal permite observar una revolución ya incompleta. 🌐 Penguin Random House
- Las tres protagonistas son artistas. Alexandra esculpe, Jane toca el violonchelo y Sukie escribe una columna local. Sus poderes sobrenaturales prolongan esas formas distintas de creación. La magia no llega a identidades completamente vacías. 🌐 PlanetadeLibros
- La traducción española es de José Ferrer. Tusquets publicó Las brujas de Eastwick dentro de su colección Andanzas. La edición conserva el título con que la obra se consolidó en español. Sus formulaciones pueden diferir de otras ediciones hispanoamericanas.
- El proyecto respondió a críticas feministas. El novelista afirmó que quería ajustar cuentas con quienes cuestionaban su representación de las mujeres. El resultado siguió provocando interpretaciones enfrentadas. La intención declarada no cerró el debate crítico.
- Las brujas regresaron como viudas. The Widows of Eastwick apareció en 2008 y reúne al trío décadas después. El regreso obliga a confrontar la culpa por la muerte de Jenny. La secuela transforma juventud transgresora en memoria y vejez.
- La adaptación más famosa llegó en 1987. George Miller dirigió a Cher, Susan Sarandon, Michelle Pfeiffer y Jack Nicholson. La película modificó personajes y resolución, por lo que no sustituye el argumento del libro. Su popularidad condicionó la imagen posterior de Darryl. 🌐 American Film Institute
El estilo de escritura: sensualidad, exceso y precisión satírica
El estilo de Las brujas de Eastwick mezcla observación realista con imágenes sobrenaturales sin modificar radicalmente la voz narrativa. Un hechizo puede aparecer junto a una compra, un ensayo musical o una conversación vecinal. Esa continuidad vuelve creíble la magia y permite que cada prodigio conserve una dimensión doméstica. Lo fantástico crece dentro de lo reconocible.
La prosa dedica gran atención al clima, los cuerpos y las superficies. Colores, olores, fluidos y texturas producen una sensualidad exuberante que puede resultar bella o deliberadamente repulsiva. Las estaciones no solo sitúan la acción. Transforman el ritmo emocional de Eastwick y conectan fecundidad, decadencia y muerte.
La sátira trabaja mediante exageración y precisión social. El narrador registra marcas de clase, hábitos religiosos, consumo cultural y pequeñas rivalidades con un oído agudo. Darryl introduce discursos largos, vulgares y seductores que desordenan el equilibrio de las escenas. Frente a él, las conversaciones de las protagonistas alternan complicidad, competencia y crueldad. El diálogo revela quién controla la atención del grupo.
El exceso constituye al mismo tiempo una virtud y una dificultad. Algunas descripciones corporales intensifican la materialidad del mundo, mientras otras parecen convertir a las mujeres en objetos de una mirada invasiva. Las brujas de Eastwick exige distinguir cuándo la incomodidad critica una fantasía masculina y cuándo simplemente la reproduce. La riqueza verbal no resuelve la ambigüedad. Su escritura resulta memorable porque hace inseparables belleza y mal gusto, aunque esa mezcla también explique el rechazo de parte de sus lectores. El estilo obliga a sostener ambas impresiones.
Por qué leer Las brujas de Eastwick hoy
Leer Las brujas de Eastwick hoy permite examinar una representación del poder femenino escrita durante una etapa de intensa discusión sobre sexualidad y roles domésticos. La novela no ofrece un modelo de emancipación. Presenta mujeres capaces de crear, desear, dominar y causar daño. La agencia incluye responsabilidad moral. Esa complejidad evita que las protagonistas funcionen como símbolos edificantes.
Las brujas de Eastwick también conserva valor como retrato de una comunidad gobernada por rumores. Eastwick anticipa formas actuales de vigilancia social donde intimidad, juicio y espectáculo se alimentan mutuamente. La información circula porque cada persona obtiene placer o autoridad al compartirla. La magia vuelve visible esa capacidad cotidiana de alterar reputaciones y destinos mediante relatos. Por eso el pueblo resulta inquietantemente contemporáneo.
Su tratamiento del género merece una discusión exigente. Algunas páginas desafían la reducción de las mujeres a esposas y madres, mientras otras erotizan o caricaturizan sus cuerpos. Leer esa contradicción ayuda a distinguir entre representar libertad y conceder una perspectiva verdaderamente autónoma. También muestra por qué una obra puede ser crítica y problemática al mismo tiempo. La discusión sigue plenamente abierta.
La influencia cultural de la novela, reforzada por cine, teatro y televisión, ha simplificado con frecuencia su argumento. Volver al texto permite recuperar a Jenny, la culpa del aquelarre y el desenlace menos triunfal. Eastwick no es una fantasía de poder inocente. Quien acepte su humor oscuro y su prosa abundante encontrará una sátira incómoda sobre deseo, creatividad y el precio de convertir a otras personas en instrumentos de la propia liberación.
Resumen de Las brujas de Eastwick
Las brujas de Eastwick sigue a Alexandra Spofford, Jane Smart y Sukie Rougemont, tres divorciadas que viven en una localidad costera de Rhode Island hacia 1970. Cada una desarrolla poderes vinculados con su personalidad y su actividad artística. Sus reuniones forman un aquelarre informal que les ofrece amistad, libertad sexual y una posición desde la cual desafiar el juicio del pueblo. La separación despierta capacidades antes reprimidas.
El equilibrio cambia cuando Darryl Van Horne compra la mansión Lenox. El recién llegado seduce a las tres, halaga sus talentos y reorganiza su vínculo alrededor de su propia atención. La casa se convierte en escenario de placer y experimentación, pero también de dependencia, competencia y escándalo público. Darryl potencia deseos que ya existían y obtiene poder presentándose como liberador.
Los hechizos empiezan a producir consecuencias graves. Felicia y Clyde Gabriel mueren dentro de una cadena de violencia relacionada con la magia del grupo. Más tarde, Darryl se casa con Jenny Gabriel. Alexandra, Jane y Sukie reaccionan con celos y provocan mediante un hechizo la enfermedad mortal de la joven. El remordimiento no consigue reparar el daño.
Darryl abandona Eastwick con Chris, hermano de Jenny, y el aquelarre queda fracturado. Con el tiempo, cada protagonista invoca a un compañero apropiado, se casa y deja el pueblo. Las brujas de Eastwick termina sin decidir si esa salida supone crecimiento o evasión. El poder no garantiza una libertad justa. La novela combina fantasía, sátira y comedia negra para mostrar cómo deseo y creatividad pueden enfrentarse a la norma y reproducir, al mismo tiempo, nuevas formas de dominio.